No he
encontrado todos los apuntes que tomé, pero recuerdo que en el pliego de
condiciones constaba que la carnicería debería ofrecer carne de vaca y de
cabra. Según el Catastro de Ensenada (1752), los vecinos de Agudo mantenían una
cabaña de 170 yuntas de bueyes, 500 vacas de cría, 250 reses vacunas menores de
3 años, 6.500 ovejas (incluyen carneros también) con 1.200 crías, 5.500 cabras
(incluidos los machos) con 1.700 crías y 600 cerdos de todas las edades y
condición. Carne de vaca debieron considerarse los bueyes viejos, que ya no
eran aptos para la labor, y cualquier bóvido de todas las edades que muriera
por accidente. En los libros cancelarios de la Virgen del Rosario y de la
Sacramental se anotan con frecuencia las terneras y vacas atacadas por los
lobos que acaban vendidas a la carnicería; en alguna ocasión también mencionan
una vaca muerta por la edad, lo que no resulta extraño según se ha podido
comprobar en los textos procedentes de otras localidades; en estos casos, la
carne se vendía más barata una vez comprobado que era apta para el consumo. Los
toros lidiados en las capeas también podían despacharse en el establecimiento
público si no se consumían en la fiesta. Las cláusulas de la puja no hacían
referencia al cordero (un producto muy solicitado en otros lugares de España), aun
cuando en Agudo el número de ovejas supera al de cabras en las respuestas del
Catastro; tampoco se menciona el ganado de cerda, quizá porque su sacrificio y consumo
fue de carácter doméstico.
Un auto municipal de 1729 trataba sobre el horario que debía regir para la venta de carne y otro del mismo año, aunque concerniente a otro individuo, sobre la obligación de ofertar carne de vacuno; estudios realizados en otros lugares indican que hubo regulación de los horarios y que, en ocasiones, se llevaron a cabo querellas contra los carniceros por no disponer de los productos cárnicos con los que se habían comprometido.
Desconocemos el momento en el que las carnicerías privadas sustituyeron a la pública; quizá este fuera el motivo por el que la carne de vacuno dejó de estar disponible para la venta; el incremento de establecimientos, seguramente, dificultaría el sacrificio de varios animales cuyo tamaño no permitiría su consumo en un periodo de tiempo corto. La apertura de un matadero frigorífico a comienzos del milenio en Agudo ha puesto de nuevo la carne de vaca y ternera a disposición del vecindario, posibilitando la adquisición de todos los productos cárnicos no elaborados.
Ignoro qué tipo de recetas
cocinaron nuestras gentes en los siglos anteriores, aunque cabe suponer que no
serían muy distintas a las que nos han transmitido nuestras abuelas: guisos
sencillos con productos autóctonos. La disponibilidad de casquería de vacuno, que
no estuvo al alcance de los hogares agudeños durante el siglo pasado, me ha persuadido
de comenzar un conjunto de posibles recetas preparadas con este producto, ya
que, antes como ahora, era lo más barato y, por tanto, más asequible para las
familias con menos recursos.
Como acostumbraron a hacer las
agudeñas durante siglos, he preparado morro de ternera con lo que se me ha
ocurrido que mejor combinaría de lo que tenía en casa. Los garbanzos ya se
mencionan en el Catastro como uno de los frutos que se cosechan en el término
municipal; hasta bien mediada la centuria pasada, se sembraban en rotación con
los cereales, se usaron para consumo humano y animal, y su producción superaba
con creces a la de judías, la segunda legumbre protagonista de los pucheros
locales. Mientras estuvo operativo el matadero municipal, los garbanzos con
callos y pata de chivo fueron un plato bastante común por lo que no debe
sorprendernos que, cuando fue factible, también se acompañaran con morro de
ternera; además, todavía hoy, las judías se cocinan con oreja, pata, rabo y
morro de cerdo.
Respecto a la incorporación de
los champiñones, he de reconocer que es una licencia que me he tomado, aunque
no existe una causa que justifique negar su presencia. Hasta donde alcanza la
memoria los garbanzos se han complementado con hortalizas en el potaje
(espinacas o judías verdes a tenor de los meses) y en el cocido (coles, patatas
y nabos); el otoño, una estación en la que las verduras cultivadas no suelen
estar presentes, es el tiempo de los champiñones silvestres: nuestros hongos,
que han estado y están presentes en un buen número de preparaciones de la
temporada (arroz, patatas, salsa, asados, etc.).













